Oct 18, 2026 · Por Jaqueline Campos Rincón
Un grito en la posesión
El 7 de agosto de 2026, en la Arena USC de Cali, Abelardo de la Espriella juró la Presidencia y cerró con un grito: ¡Viva Cristo Rey! Desde entonces, el lema remata sus alocuciones y sus mensajes en redes. Un juez le ordenó disculparse por vulnerar la neutralidad religiosa del Estado; se disculpó y terminó esa misma alocución gritando lo mismo.
No es un desliz ni una excentricidad personal. Él es apenas el rostro de un proyecto que lo trasciende y que, en campaña, lo presentó como «instrumento de la voluntad de Dios». Que quien hace más de una década se declaraba ateo en redes hoy grite su fe en cada alocución dice más del cálculo que de la conversión.
El proyecto detrás del grito
El proyecto es recuperar el Estado para asegurar los privilegios y las condiciones económicas de quienes siempre lo han tenido. Su sustento ideológico es sembrar un odio visceral contra todo lo que se llame izquierda, socialismo o simplemente diferencia. Y su instrumento es la religiosidad popular.
No se trata de la fe sino de su uso. Se toma la devoción de un pueblo para presentar como anticristianos los proyectos del gobierno anterior: los derechos sociales, los derechos de las mujeres, los derechos reproductivos. El Cristo Rey que se invoca no es el Dios de los pobres que este pueblo ha interiorizado, sino la bandera de una ideología de ultraderecha.
El discurso se alimenta de fallas reales. Los cultivos de coca llegaron a un récord de 253.000 hectáreas en 2023, según la ONU, y los planes de paz dejaron más promesas que resultados. Cada tropiezo se convierte en prueba de que solo un orden uniforme y autoritario puede salvarnos.
Hay que decirlo sin defender a nadie. Petro abrió la conversación sobre conflictos que son producto de quinientos años de despojo de tierras, territorios e ideas. Pero olvidó que tenía solo cuatro años, gobernó con un equipo débil y quedó preso de su ego y de sus lealtades personales. Esa puerta entreabierta es la que hoy se quiere cerrar en nombre de Dios.
Ni siquiera la jerarquía católica ha sido tan categórica. El papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio, 266.º papa de la Iglesia católica, de 2013 hasta su fallecimiento en 2025) insistió en una Iglesia que acompaña antes de condenar, y en que una convicción personal no autoriza a imponerla sobre la vida de todas. Para muchas de nosotras fue un referente en el camino hacia el humanismo, el mismo que antes nos habían abierto dos sacerdotes católicos colombianos: Camilo Torres Restrepo (1929-1966) y el recién fallecido padre jesuita Javier Giraldo Moreno (1944-2026).
Para entender por qué ese grito funciona, vuelvo a un pastor luterano que resistió al nazismo: Dietrich Bonhoeffer, ahorcado en Flossenbürg el 9 de abril de 1945. En la Navidad de 1942, meses antes de ser encarcelado, escribió para sus amigos el ensayo Después de diez años, recogido luego en Cartas y papeles desde la prisión (Resistencia y sumisión). Allí está su teoría de la estupidez, y parece escrita para nosotras.
La estupidez no es ignorancia
Bonhoeffer sostenía que la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Contra el mal se puede protestar; contra la estupidez los argumentos rebotan. Y no es un defecto de nacimiento: es un fenómeno social. Toda gran expansión del poder, sea política o religiosa, vuelve estúpida a mucha gente, porque el poder de unos necesita la estupidez de otros: priva a las personas de su independencia de criterio.
Conviene no confundir. La gente de abajo no es estúpida: es ignorante en el sentido de que le negaron las herramientas básicas para leer su realidad. Estúpido es quien renuncia a pensar y repite la consigna. Por eso el estúpido que hay que cuestionar primero es el de arriba: el pastor, el dirigente, el cuadro formado que tuvo acceso al conocimiento y aun así fabrica obediencia en lugar de criterio.
La conclusión de Bonhoeffer es amarga. La estupidez no se cura con instrucción sino con un acto de liberación, y casi siempre la liberación externa, la caída del régimen, tiene que llegar primero para que la gente recupere su propia razón. Como quienes reconocieron al crucificado solo después de su muerte: cuando la leche ya estaba derramada.
Gracia barata y obediencia ciega
En El precio de la gracia (Nachfolge, 1937), Bonhoeffer llamó gracia barata a la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina y la comunión sin confesión. Es la fe que se dice: Dios es bueno y ya me perdonó, así que no importa lo que pase afuera. Permite ir a la iglesia el domingo y mirar hacia otro lado el resto de la semana mientras persiguen al vecino.
Su compañera es la obediencia ciega. El régimen nazi hizo de la obediencia al Führer la virtud máxima, y las iglesias de la gracia barata la tradujeron en mandato divino: si toda autoridad viene de Dios, no hay nada que analizar. Así la estupidez moral se disfrazó de piedad.
Ese es el mecanismo del ¡Viva Cristo Rey! convertido en lema de gobierno. Pone a la gente a escoger entre Dios y el demonio, entre Cristo Rey y el comunismo, el aborto, el matrimonio igualitario y la adopción por parejas del mismo sexo. Con el miedo moral bien instalado, a pocos les importa si se recorta el salario, si se concentra la tierra o si no hay igualdad de oportunidades. Brasil es el caso más grande del continente: iglesias enteras cerraron filas en torno a Bolsonaro en nombre de la misma disyuntiva.
Gracia costosa: el amor eficaz
Frente a la comodidad de la estupidez, Bonhoeffer propuso la gracia costosa. Cuesta porque exige pensar, tomar decisiones difíciles y asumir sus consecuencias, aunque eso signifique ir contra la corriente, la ley o el Estado. En su Ética, escrita en la clandestinidad entre 1940 y 1943, rechazó la división entre un mundo sagrado y uno secular: hay una sola realidad. No se puede ser cristiano en el templo e indiferente ante el hambre, la explotación, el despojo o la masacre.
En Colombia esa idea tiene nombre propio: el amor eficaz de Camilo Torres. Se cuenta que, entre los estudiantes de sociología de la Nacional, quienes bajaban a los chircales a entender por qué esos niños nunca irían a la escuela eran los que se decían ateos, y quienes iban a misa a diario jamás se untaban de barro. Camilo entendió que la fe se mide por lo que hace con el prójimo.
Lo mismo vi en el padre Javier Giraldo, a quien le debo mucho más que estas líneas. La suya fue una fe que no se quedó en el altar. Acompañó a las mujeres que buscaban a sus desaparecidos, a los pueblos confinados que luchaban por resistir en sus territorios y a las comunidades que, desde la resistencia pacífica, siguen buscando verdad y justicia. Eso es la gracia costosa: estar donde duele, aunque cueste.
Por eso no basta con burlarse del ¡Viva Cristo Rey! La izquierda cometió el error de levantar un muro y poner lo religioso del lado del mal, y ese muro nos alejó de un pueblo cuya conciencia se formó en el lenguaje de la fe. La tarea es disputar ese lenguaje desde adentro, con honestidad y sin manipularlo, respetando la espiritualidad de la gente. Bonhoeffer advirtió que la liberación suele llegar cuando ya todo pasó. Nuestro deber es no esperar a que el régimen caiga para volver a pensar.
Fuentes
- «¡Viva Cristo Rey!», el lema de De la Espriella que abre el debate sobre política y religión (EFE / El Mundo)
- La proclamación de De la Espriella tras acatar el fallo (Blu Radio)
- Posesión de Abelardo de la Espriella como presidente 2026-2030 (Vanguardia)
- Bonhoeffer, «Da estupidez» (1943), en Widerstand und Ergebung (IHU Unisinos)
- Producción récord de cocaína en Colombia por el aumento de cultivos de coca (AP / Cadena 3)






