Por: Rubén Muñoz Galdámez
Co – presidente OLA
Bachelet no fracasó; ya lo quisiera la extrema derecha.
No fracasa la mujer que, desde un país del Sur Global, levanta una candidatura a la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas, el cargo de mayor proyección diplomática del mundo; sobre todo si lo hace en tiempos de crisis global, en los que la ONU no está exenta de las contradicciones propias de la época. La candidatura de Michelle Bachelet nunca significó complacencia con el estado actual de las cosas: fiel a su trayectoria, desafió al statu quo.
Sus detractores llevan años intentando encasillarla como un mero fenómeno carismático, lectura sesgada, por cierto, que omite lo sustancial: el bacheletismo cuenta con los elementos teóricos y prácticos para constituirse en una verdadera matriz ideológica para la gobernabilidad y el progreso.
La trayectoria de Michelle Bachelet, e incluso su desistimiento de la candidatura a la ONU, da cuenta de una estatura política que trasciende nuestras fronteras y que evita someterse a la lógica transaccional de las potencias en el Consejo de Seguridad.
Este texto es una invitación al debate. Con ese fin, propongo que esta matriz se articula en ejes identificables. El primero bien podría denominarse «Compromiso histórico a la chilena». Bachelet entendió que el diseño exitoso de la transición democrática se había agotado y que la correlación de fuerzas demandaba ampliar la política de alianzas; así, de forma inédita en la historia política chilena, logró reunir en un mismo gobierno a democratacristianos y comunistas. De ahí la provocación de la denominación propuesta: el «compromiso histórico» italiano tuvo como una de sus vertientes la experiencia chilena del derrocamiento de la Unidad Popular en 1973. Esta tesis, elaborada por Enrico Berlinguer y en la que fue interlocutor clave Aldo Moro, proponía el acercamiento de las tres corrientes con ascendencia popular en Italia —comunistas, socialistas y democratacristianos—. No llegó a concretarse del todo: quedó truncada con el asesinato de Moro en 1978.
La presidenta Bachelet, no exenta de las dificultades propias del ejercicio de gobierno, supo generar condiciones de armonía entre sectores distintos y, con ello, otorgar gobernabilidad e impulsar una agenda transformadora. Mantuvo este arco de alianzas durante los cuatro años de su administración. Esa experiencia, con sus vaivenes, puede calificarse en definitiva de exitosa y dio paso a un cambio de paradigma en la política de alianzas: hasta hoy no existen, en el campo progresista, fuerzas ni liderazgos relevantes que planteen vetos y exclusiones, como lo mostró la forma en que este arco enfrentó la elección presidencial y parlamentaria de 2025.
El segundo eje se sintetiza en la premisa «Mayoría social para la justicia social». La dictadura legó a la democracia paupérrimos indicadores económicos, a saber: una pobreza cercana al 45 % en 1987, según la CASEN. La democracia, consciente de ello, incorporó políticas públicas orientadas a reducir la pobreza y la extrema pobreza: para el año 2009, la pobreza había descendido cerca de 30 puntos porcentuales y la extrema pobreza alcanzaba solo un 5 %.
Los avances se evidenciaban en las familias chilenas y, desde la macroeconomía, el país gozaba de buena salud: se percibían el crecimiento, las obras públicas y el auge del consumo de bienes y servicios. Pero ya se sentía que habitábamos un país desigual, como lo acredita el índice de Gini de 2005, previo al primer mandato de Michelle Bachelet, en que el Banco Mundial asignaba a Chile un 0,518; diez años después, el mismo organismo indicó que la desigualdad se había reducido en cerca de cuatro puntos. El valor de la presidenta en esta materia radica en que entendió que la sola focalización de la inversión pública no bastaba para construir una matriz social con enfoque de derechos, y que debía combinarse con políticas universales. Entre sus muchas obras, y para efectos de esta columna, me limitaré a destacar algunos avances emblemáticos con vocación universal, como son el Pilar Solidario y la Pensión Básica Solidaria de Vejez, en su primer mandato, y la gratuidad de la educación superior y la reforma laboral, en el segundo
Bachelet cambió el paradigma tecnocrático de los años noventa y dos mil, y abrió paso a políticas sociales universales, con responsabilidad y disciplina macroeconómica. Me atrevo a decir que cualquier alternativa política o de gobierno que plantee abiertamente recortar políticas y programas sociales carece de viabilidad electoral: basta recordar que el presidente José Antonio Kast debió reafirmar, más de una vez durante su campaña, que no tocaría los beneficios sociales. Lo que finalmente haga en su administración es otra historia.
El tercer eje es «Multilateralismo para la paz, el desarrollo y los derechos humanos». Todos conocemos el desenlace de su candidatura a encabezar la ONU, pero la declaración de visión que la acompañó entrega aportes fundamentales, no solo para el orden global. Me permito trasladarlos a la realidad chilena: podrían servir de base para un proyecto nacional de vocación transformadora, que abra paso a un nuevo modelo de desarrollo para los desafíos del Chile del siglo XXI.
Uno de esos aportes figura al inicio de la cuarta dirección estratégica, «Mirar hacia adelante: diseñar el futuro con visión y liderazgo colectivos», donde se afirma: «Pese a la complejidad de los desafíos actuales, este momento también ofrece una oportunidad única. Por primera vez en la historia, la humanidad dispone de herramientas capaces de conectar el conocimiento global, erradicar la pobreza extrema y armonizar el desarrollo económico con la protección del planeta». Este párrafo resume bien la vocación transformadora de Bachelet: en un contexto de crisis global, lejos de refugiarse en recetas del pasado y consciente de la multipolaridad del mundo, propone alianzas con organismos regionales y, con ello, busca dar voz a periferias históricamente marginadas. En materia de desarrollo, destaca su intención de reformar la arquitectura financiera internacional para aliviar la deuda, especialmente la de los países del Sur Global, así como su apuesta por aprovechar tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial y la biotecnología, en favor del desarrollo social y humano. En derechos humanos, Bachelet ha dado muestras de una defensa férrea y destacada; es recordado su desempeño como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.
En suma, no podemos permitir que se categorice al Bacheletismo como un mero fenómeno de carisma personal. Debemos asumirlo, más bien, como una matriz ideológica que nos permite sintonizar con las grandes mayorías de compatriotas, a quienes los mueve la profundización democrática y la justicia social como principio ordenador de la vida en sociedad.
El Partido Socialista, organización en la que milito, vive su proceso de Conferencia Nacional Programática, ocasión propicia para discutir esta y otras propuestas surgidas a lo largo del país. Espero que la presente sea bien recibida en las filas del socialismo chileno.






